Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside El Valle del Arco Iris se había convertido en todo un mundo para los niños de Ingleside. Allí las brisas correteaban sin cesar y los cantos de los pájaros resonaban desde el amanecer hasta el crepúsculo. Los abedules blancos resplandecían en todo el valle de una punta a la otra… La Dama Blanca… Walter decía que una pequeña ninfa de los bosques iba todas las noches a hablar con ellos. Un arce y un abeto —que crecían tan juntos el uno al otro que sus ramas se entremezclaban— fueron bautizados «Los Árboles Amantes», y unos viejos cascabeles que Walter colgó sobre ellos producían mágicos y etéreos tintineos cuando el viento los mecía. Un dragón vigilaba el puente de piedra que habían construido sobre el arroyo. Los árboles que se unían por encima de ellos podían ser, en caso de necesidad, infieles de tez cetrina, y el espeso musgo que crecía en las orillas era una alfombra, delicadísima, de Samarkanda. Robin Hood y sus hombres se agazapaban en todas partes; había tres duendes del agua que vivían en el arroyo; la abandonada casa de los Barclay, al final de Glen, con su acequia llena de pastos altos y el jardín inundado por alcaraveas, fue fácilmente transformada en un castillo sitiado. La espada del Cruzado hacía tiempo que se había herrumbrado, pero la cuchilla de cocina de Ingleside era una hoja forjada en el país de las hadas, y cada vez que Susan no encontraba la tapa de su sartén sabía que estaba haciendo las veces de escudo para un emplumado y resplandeciente caballero abocado a osadas aventuras en el Valle del Arco Iris.