Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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No piense, le ruego, mi querida señorita Dew, que me están fallando las facultades mentales. Supongo que es muy tonto encariñarse tanto con un pájaro, pero el corazón humano tiene sus debilidades. No está prisionero como un canario (algo que yo nunca podría tolerar, mi querida señorita Dew) sino que anda libremente de un lado para otro por la casa y el jardín y duerme en un arco junto a la plataforma de estudio de Walter en el manzano que da a la ventana de Rilla. Una vez, cuando lo llevaron al Pozo, salió volando, pero al anochecer volvió para alegría de todos… incluyendo la mía, debo agregar.

El Pozo ya no era «el Pozo». Walter comenzó a pensar que un lugar tan precioso merecía un nombre más acorde con su romanticismo. Una tarde lluviosa tuvieron que jugar en la buhardilla, pero a última hora salió el sol y cubrió todo Glen con su esplendor.

—¡Ah, midad el adco idis de la noche! —exclamó Rilla, que hablaba en una media lengua encantadora.

Era el arco iris más espléndido que habían visto en su vida. Un extremo parecía descansar en la aguja de la iglesia presbiteriana mientras que el otro se hundía en el rincón lleno de juncos del estanque que llegaba hasta el extremo superior del valle. Y allí mismo Walter le puso de nombre Valle del Arco Iris.


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