Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Tuvieron mejor suerte con el petirrojo. Lo habían encontrado cuando apenas era un pichón sobre el escalón de la puerta, después de una tormenta de viento y lluvia en una noche de junio. Tenía lomo gris, pecho moteado y ojos brillantes, y desde el primer momento pareció tener una confianza absoluta en todos los de Ingleside, sin exceptuar siquiera a Camarón, que jamás intentó molestarlo, ni siquiera cuando Don Petirrojo aterrizaba, con un saltito insolente, en el borde del plato de Camarón y se servía. Al principio le daban de comer gusanos, y tenía tanto apetito, que Shirley se pasaba casi todo el día desenterrándolos. Guardaba los gusanos en latas que dejaba por la casa, para gran desagrado de Susan, pero ésta habría soportado mucho más por Don Petirrojo, que se posaba tan valientemente sobre su dedo, gastado por el trabajo, y le gorjeaba en la misma cara. Susan se había encariñado mucho con Don Petirrojo, así que, en una carta a Rebecca Dew, consideró pertinente mencionar que el pechito había comenzado a ponérsele de un hermoso rojo herrumbre.