Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Cuando Roddy le llevaba comida, Bruno la comía de buen grado, sin sacar los ojos de Roddy ni un momento. Correteó traviesamente tras Roddy y Jem cuando éstos fueron a Glen.

—Nunca se ha visto un perro tan contento —dictaminó Susan.

Pero a la noche siguiente, cuando Roddy y Bruno ya se habían ido, Jem se sentó un largo rato a oscuras en los escalones de la puerta lateral. No quiso ir con Walter a buscar tesoros de piratas en el Valle del Arco Iris… Jem ya no se sentía espléndidamente osado y bucanero. Ni siquiera podía mirar a Camarón, que estaba muy instalado sobre las plantas de menta, moviendo la cola como un feroz león de la montaña, agazapado y listo para saltar. ¡Qué derecho tenían los gatos de seguir siendo felices en Ingleside cuando los perros tenían los corazones destrozados!

Hasta estuvo brusco con Rilla cuando ésta le llevó su elefante de terciopelo azul. ¡Elefantes de terciopelo, cuando Bruno se había ido! Nan tuvo la misma acogida cuando fue a sugerirle que dijeran susurrando lo que pensaban de Dios.

—¿No creerás que le echo a Dios la culpa de esto? —dijo Jem, severo—. No tienes sentido de las proporciones, Nan Blythe.


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