Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside —Mi querida señora —dijo Susan esa noche con acento dramático—, ese perro lloraba, de verdad. Le corrÃan las lágrimas por el hocico. Entiendo que no quiera creerme. Yo tampoco lo hubiera creÃdo si no lo hubiera visto con mis propios ojos.
Roddy apretó a Bruno contra su corazón y miró a Jem entre desafiante y suplicante.
—Tú lo compraste, lo sé, pero me pertenece a mÃ. Jake me mintió. La tÃa Vinnie dice que no le molestarÃa tener un perro, pero yo pensé que no podÃa pedirte que me lo devolvieras. Aquà tienes tu dólar… no lo he gastado… no pude.
Jem dudó por un momento. Pero entonces le vio los ojos a Bruno. «¡Qué cerdo soy!», pensó, asqueado de sà mismo. Cogió el dólar.
Roddy sonrió de pronto. La sonrisa le cambió completamente el aspecto a su rostro adusto, pero todo lo que pudo hacer fue mascullar un hosco «Gracias».
Roddy durmió con Jem esa noche, con un Bruno henchido de comida extendido entre los dos. Pero antes de irse a la cama, Roddy se arrodilló para decir sus oraciones y Bruno se sentó sobre sus patas traseras junto a él, con las manos apoyadas en la cama. Si ha habido un perro que alguna vez rezó, ése fue Bruno: una oración de acción de gracias y de una renovada alegrÃa de vivir.