Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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—Creo que Bruno será feliz en Ingleside después de esto, papá.

—Puede ser… —fue todo lo que dijo su padre. No le hacía gracia esa ducha de agua fría pero sospechaba que el corazón de ese perrito estaba, al haber perdido su último hogar, destrozado.

Bruno nunca había sido de comer mucho pero después de esa noche comenzó a comer menos cada vez. Llegó un día en que ya no comía. Llamaron al veterinario, pero éste no le encontró nada.

—En mis años de ejercicio de la profesión, conocí a un perro que se murió de pena y creo que éste es otro caso igual —le dijo al doctor en privado.

Dejó un tónico, que Bruno tomaba obedientemente para luego volver a echarse, con la cabeza entre las patas, mirando hacia la nada. Jem se quedó observándolo un largo rato, con las manos en los bolsillos, y luego se fue a la biblioteca a hablar con su padre.

Gilbert fue a la ciudad al día siguiente, hizo algunas averiguaciones y llevó a Roddy Crawford a Ingleside. Cuando Roddy llegó a los escalones de la galería, Bruno, que desde la sala oyó sus pisadas, levantó la cabeza y las orejas. En seguida su cuerpecito enflaquecido se lanzó a toda carrera hacia el muchachito pálido de ojos castaños.


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