Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Resultó ser que nadie sabía dónde estaba Bruno. No lo habían visto desde que Jem se había ido, después de la cena. Jem buscó en todas partes pero no lo encontró. La lluvia caía a cantaros, el mundo se ahogaba en relámpagos. ¿Estaría Bruno fuera, en medio de la noche oscura, perdido? Bruno les tenía miedo a los truenos. Las únicas veces en que había parecido aproximarse a Jem en espíritu había sido cuando se había arrimado a él, en momentos en que el cielo se partía en dos.
Jem estaba tan preocupado cuándo había pasado la tormenta, que Gilbert dijo:
—Tengo que ir a Head de todos modos a ver cómo está Roy Wescott. Puedes venir, Jem, y pasaremos por casa de los Crawford de regreso a casa. Es posible que Bruno pudo haber vuelto allí.
—¿Diez kilómetros? ¡Imposible! —dijo Jem.
Pero así había sido. Cuando llegaron a la vieja, abandonada y oscura casa de los Crawford, había un tembloroso y empapado animalito acurrucado en el umbral mojado, mirándolos con ojos cansados, ansiosos. No protestó cuando Jem lo tomó en sus brazos y lo llevó al coche a través de los pastos crecidos.
Jem estaba contento. ¡Cómo corría la luna por el cielo y cómo las nubes cruzaban por encima de ella! ¡Qué delicioso era el aroma de los bosques mojados por la lluvia mientras avanzaban! ¡Qué hermoso era el mundo!