Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Con pena, Jem admitió para sus adentros, si bien no ante Sam, que era cierto. Ojalá no lo fuera. Y le dolió cuando Watty Flagg gritó: «Tu perro es un perro buenecito… porque no ladra los domingos», pues Bruno no ladraba nunca.

Pero a pesar de todo esto, era un perrito adorable.

—Bruno, ¿por qué no me quieres? —decía Jem, casi llorando—. No hay nada que yo no haría por ti… podríamos divertirnos tanto juntos. —Pero se negaba a admitir la derrota ante nadie.

Un atardecer, Jem volvió corriendo de una «mejillonada» en Harbour Mouth porque sabía que se avecinaba una tormenta. El mar gemía en el anuncio. Las cosas tenían un aire siniestro, solitario. Hubo un trueno furioso en el momento en que Jem entraba en Ingleside.

—¿Dónde está Bruno? —gritó.

Era la primera vez que había salido sin Bruno. Pensó que la larga caminata hasta Harbour Mouth sería agotadora para el perrito. Jem no quería admitir que semejante caminata con un perro cuyo corazón estaba en otro lado sería excesiva también para él.


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