Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Jem apretó los dientes. Había una buena cuota de determinación en James Matthew Blythe: no se dejaría vencer por un perro… su perro, al que había comprado justa y honestamente con dinero ahorrado arduamente de su mensualidad. Bruno tenía que dejar de extrañar a Roddy… tenía que dejar de mirarlo con esos ojos patéticos de criatura perdida… tenía que aprender a quererlo.

Jem tenía que defender a Bruno, porque los otros chicos de la escuela, sospechando que él quería al perro, siempre trataban de burlarse de él.

—Tu perro tiene pulgas… es… un… pulgoso —le canturreaba Perry Reese. Jem tuvo que darle una buena zurra antes de que Perry se retractara y dijera que Bruno no tenía ni una sola pulga… ni una sola.

—Mi perrito tiene ataques una vez por semana —alardeó Rob Russell—. Seguro que ese perro viejo tuyo no tuvo ni un ataque en toda su vida. Si yo tuviera un perro como ése, lo llevaría a un frigorífico.

—Nosotros tuvimos un perro como ése una vez —dijo Mike Drew—, pero lo ahogamos.

—Mi perro es malísimo —dijo Sam Warren, orgulloso—. Mata a los pollitos y los días de lavado mastica toda la ropa. Seguro que tu perro no tiene fuerzas ni para eso.


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