Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Al principio, Jem no lo sospechó siquiera. Claro que Bruno extrañarÃa y se sentirÃa solitario por un tiempo, pero pronto se le pasarÃa. Jem descubrió que no era asÃ. Bruno era el perrito más obediente del mundo; hacÃa exactamente lo que se le decÃa y hasta Susan admitió que no podÃa pedÃrsele a un animal que se portara mejor. Pero no habÃa vida en él. Cuando Jem sacaba a Bruno, al principio al animalito le brillaban los ojos, movÃa la cola y salÃa muy airoso. Pero al rato el brillo se le iba de la mirada y Bruno trotaba mansamente junto a Jem con la cabeza gacha. Todos eran buenos con él… tenÃa a su disposición los huesos más jugosos y con más carne… nadie ponÃa el menor reparo a que durmiera a los pies de la cama de Jem todas las noches. Pero Bruno permanecÃa remoto, inaccesible, un extraño. A veces, por las noches, Jem despertaba y estiraba la mano para acariciar el fuerte cuerpecito; pero nunca habÃa respuesta en la forma de una lengua que lame o una cola que se agita. Bruno permitÃa las caricias pero no respondÃa a ellas.