Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Ana pensó que se le pasaría; había dicho lo mismo cuando murió Gyppy. Pero no fue así. El hierro había marcado el alma de Jem muy profundamente. Perros vendrían a Ingleside y se irían, perros que pertenecerían sólo a la familia, y perros lindos, a quienes Jem mimaba y con los que jugaba como los otros. Pero ya no habría ninguno que fuera «el perro de Jem» hasta que un cierto «Perrito Lunes» se apoderaría de su corazón y lo querría con una devoción mayor que el cariño de que era capaz Bruno… una devoción que haría historia en Glen. Pero faltaban muchos años todavía para eso, y fue un muchachito muy pero muy solitario el que se metió en la cama de Jem esa noche.
«Cómo me gustaría ser niña —pensó, furioso—. ¡Así podría llorar y llorar todo lo que quisiera!».