Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Nan y Di iban a ir a la escuela. Comenzaron la última semana de agosto.
—¿Para la noche ya lo sabremos todo, mamá? —preguntó Di con mucha solemnidad la primera mañana.
Ahora, a principios de septiembre, Ana y Susan se habÃan acostumbrado (y hasta les causaba placer) a ver a los dos piojitos salir todas las mañanas, tan pequeñitas, tan contentas, tan limpitas, convencidas de que ir a la escuela era toda una aventura. Siempre llevaban una manzana en la cesta, para la maestra, y vestidos fruncidos rosados y celestes. Como no se parecÃan para nada, jamás las vestÃan igual. Diana, con sus cabellos rojos, no podÃa vestirse de rosado, que sà le quedaba bien a Nan, que era de lejos la más bonita de las mellizas de Ingleside. TenÃa cabellos y ojos castaños y un hermoso color de piel, del que era muy consciente, ya a los siete años. HabÃa algo de las estrellas del cielo en ella. Llevaba la cabeza en alto, con el mentón apenas adelantado, y por eso ya habÃa quienes la creÃan un poco presumida.
—Va a imitar todas las poses y las mañas de la madre —dijo la esposa de Alec Davies—. Ya tiene todo el aire y la gracia de la madre, en mi opinión.