Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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25

Nan y Di iban a ir a la escuela. Comenzaron la última semana de agosto.

—¿Para la noche ya lo sabremos todo, mamá? —preguntó Di con mucha solemnidad la primera mañana.

Ahora, a principios de septiembre, Ana y Susan se habían acostumbrado (y hasta les causaba placer) a ver a los dos piojitos salir todas las mañanas, tan pequeñitas, tan contentas, tan limpitas, convencidas de que ir a la escuela era toda una aventura. Siempre llevaban una manzana en la cesta, para la maestra, y vestidos fruncidos rosados y celestes. Como no se parecían para nada, jamás las vestían igual. Diana, con sus cabellos rojos, no podía vestirse de rosado, que sí le quedaba bien a Nan, que era de lejos la más bonita de las mellizas de Ingleside. Tenía cabellos y ojos castaños y un hermoso color de piel, del que era muy consciente, ya a los siete años. Había algo de las estrellas del cielo en ella. Llevaba la cabeza en alto, con el mentón apenas adelantado, y por eso ya había quienes la creían un poco presumida.

—Va a imitar todas las poses y las mañas de la madre —dijo la esposa de Alec Davies—. Ya tiene todo el aire y la gracia de la madre, en mi opinión.


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