Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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La mano de Ana halló la de Diana. Permanecieron sentadas un largo rato en un silencio demasiado dulce para ser interrumpido con palabras. Las largas y quietas sombras del atardecer cayeron sobre la hierba, sobre las flores y sobre la verde extensión de los prados cercanos. El sol bajó e hizo que las sombras gris rosáceas del cielo se profundizaran y palidecieran detrás de los árboles pensativos, mientras el crepúsculo de primavera se apoderaba del jardín de Hester Gray, por el que ya nadie caminaba. Los petirrojos salpicaban el aire del atardecer con silbidos aflautados. Una inmensa estrella apareció por entre los blancos cerezos.

—La primera estrella es siempre un milagro —dijo Ana, soñadora.

—Podría quedarme sentada aquí para siempre —dijo Diana—. ¡Qué lástima que tengamos que irnos!

—Yo también lo lamento, pero después de todo, sólo hemos simulado tener quince años. Debemos recordar nuestras responsabilidades familiares. ¡El aroma de esas lilas! ¿Nunca se te ocurrió, Diana, que hay algo… no demasiado casto… en el perfume de las lilas? Gilbert se ríe, y a él le encantan, pero a siempre me parece que evocan algo secreto, demasiado dulce.


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