Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside —Yo siempre digo que es un perfume demasiado pesado para tener dentro de la casa —dijo Diana. Cogió la bandeja con los restos de la torta de chocolate… lo miró con pena… pero negó con la cabeza y la guardó en la cesta, con expresión de nobleza y sacrificio.
—¿No serÃa divertido, Diana, si ahora, camino a casa, nos encontráramos con nosotras como éramos antes, corriendo por el Sendero de los Amantes?
Diana se estremeció.
—Noooo, no me parecerÃa nada divertido, Ana. No me di cuenta de que habÃa oscurecido tanto. Una cosa es imaginarse cosas a la luz del dÃa, y otra…
Se fueron despacio, en silencio, juntas, con la gloria de la puesta de sol ardiendo sobre las viejas colinas a sus espaldas, y su antiguo cariño, jamás olvidado, ardiéndoles en sus corazones.