Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Jenny Penny tenía nueve años, contra los ocho de Di, pero desde el principio se juntó con las «chicas grandes» de diez y once, que descubrieron que no podían ignorarla ni hacerla a un lado. No era bonita, pero su aspecto era llamativo: todo el mundo la miraba dos veces. Tenía un rostro redondo, de piel muy blanca, con una suave nube de negrísimos cabellos sin brillo, y enormes y oscuros ojos azules con largas y enredadas pestañas negras. Cuando levantaba lentamente esas pestañas y miraba con esos ojos despectivos, Di se sentía un gusano que debería agradecer no ser aplastado de un pisotón. Era mejor ser ignorada por ella que reconocida por cualquier otra persona, y ser elegida como confidente temporaria de Jenny Penny era un honor casi excesivo. Pues las confidencias de Jenny Penny eran impresionantes. Era obvio que los Penny no eran gente común y corriente. Lina, la tía de Jenny, poseía al parecer un magnífico collar de oro y granates que le había regalado un tío millonario. Una de sus primas tenía un anillo de diamantes que había costado mil dólares, y otra prima había ganado un premio de declamación entre mil setecientos participantes. Tenía una tía misionera que trabajaba entre los leopardos en la India. En suma, por una vez al menos, las chicas de la escuela de Glen aceptaron a Jenny Penny al precio que ella se daba, la consideraron con una mezcla de admiración y envidia y hablaron tanto de ella a la hora de la cena con sus mayores, que al fin hubo que llamarles la atención.