Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside —Claro que no estoy enfadada contigo. Hay niñas que no lo tolerarÃan, por supuesto, pero supongo que no puedes evitarlo. PodrÃamos habernos divertido mucho. HabÃa planeado que fuéramos a pescar a la luz de la luna en el arroyo del fondo. Lo hacemos siempre. Yo he pescado truchas asà de grandes. Y tenemos unos cerdos chiquititos hermosos, y un potrillo precioso y una camada de perritos. Bueno, tendré que invitar a Sadie Taylor. A ella sus padres la dejan vivir en paz.
—Mis padres son muy buenos conmigo —protestó Di, con lealtad—. Y mi padre es el mejor médico de la Isla PrÃncipe Eduardo. Lo dice todo el mundo.
—Te das aires porque tienes padre y madre y yo no —dijo Jenny, desdeñosa—. Mi padre tiene alas y siempre usa una corona de oro. Pero yo no me doy aires por eso ¿o sÃ? Vamos, Di, no quiero pelearme contigo, pero odio que la gente alardee de su familia. No va de acuerdo con la etiqueta. Y yo tengo decidido ser una dama. Cuando esa Persis Ford de la que tanto hablas venga a Cuatro Vientos este verano, yo no me voy a encontrar con ella. La tÃa Lina me contó que pasó algo raro con su madre. Estuvo casada con un muerto que resucitó.
—Ah, no fue asÃ, Jenny. Yo sé cómo fue, mamá me lo contó… La tÃa Leslie…
—No me interesa. Sea lo que sea, es algo de lo que es mejor no hablar, Di. Suena la campana.