Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Pero de alguna manera habÃa que pasar la noche. No se fueron a la cama hasta tarde porque ninguno de los Penny se iba jamás temprano a la cama. El gran dormitorio al cual la llevó Jenny, a las diez y media, tenÃa dos camas. Annabel y Gert se estaban preparando para acostarse en una de ellas. Di miró la otra. Las almohadas estaban sucias. A la colcha le hacÃa mucha falta un lavado. El empapelado… el famoso empapelado «con loros»… estaba manchado de humedad y hasta los loros no se veÃan muy «lorezcos». Sobre una mesa, junto a la cama, habÃa una jarra de granito y un lavabo de lata medio lleno de agua sucia. Di no iba a lavarse la cara en eso. Bueno, por una vez se irÃa a acostar sin lavarse la cara. Al menos, el camisón que le habÃa dejado la tÃa Lina estaba limpio.
Cuando Di se levantó, después de decir sus oraciones, Jenny rió.
—Ah, pero qué anticuada eres. Te veÃas tan ridÃcula diciendo tus oraciones… Yo no sabÃa que hay gente que sigue diciendo oraciones. Las oraciones no sirven de nada. ¿Para qué las dices?
—Tengo que salvar mi alma —dijo Di, citando a Susan.
—Yo no tengo alma —se burló Jenny.
—Tal vez no, pero yo sà tengo —dijo Di, irguiéndose.