Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside —¡Se ha muerto… se muerto! —gritó Curt, y se puso a llorar.
—¡Ah! ¡Qué paliza te van a dar si la has matado, George Andrew! —dijo Annabel.
—A lo mejor se hace la muerta —dijo Curt—. Ponle un gusano encima. Yo tengo unos en una lata. Si es mentira, reaccionará.
Di lo oyó pero estaba demasiado asustada para abrir los ojos. «Tal vez se fueran y la dejaran sola, si la creÃan muerta. Pero si le ponÃan un gusano encima…».
—Pinchadla con un alfiler. Si sangra, no está muerta —dijo Curt.
«Un alfiler podrÃa soportarlo; un gusano, no»).
—No está muerta… no puede estar muerta —susurró Jenny—. La habéis asustado y le ha dado un ataque. Pero si recupera el conocimiento, va a gritar hasta levantar los techos y el tÃo Ben vendrá y nos matará a palos. ¡No tendrÃa que haberla invitado a quedarse, miedosa de porquerÃa!
—¿Y no podrÃamos llevarla a la casa antes de que recupere el conocimiento? —sugirió George Andrew.
«¡Ah, si la llevaran!».
—No, es demasiado lejos —dijo Jenny.
—Es menos de medio kilómetro a campo traviesa. Si cada uno de nosotros la toma de un brazo o de una pierna… tú, Curt, yo y Annabel.