Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Di sólo abrió los ojos una vez, mientras los otros urdían esto. El mundo dormido que la rodeaba le pareció muy extraño. Los abetos se veían oscuros y desconocidos. Las estrellas se reían de ella. «No me gusta ese cielo tan grande. Pero si puedo soportarlo un poquito más, estaré en casa. Si averiguan que no estoy muerta, me dejarán aquí, y sola y en la oscuridad nunca llegaría a casa».
Cuando los Penny hubieron dejado a Di en la galería de Ingleside, salieron corriendo a todo lo que les daban las piernas. Di no se atrevió a volver a la vida demasiado pronto pero al fin se atrevió a abrir los ojos. Sí, estaba en casa. Parecía demasiado bueno para ser cierto. Se sentía una niña muy muy mala, pero estaba segurísima de que jamás volvería a portarse mal. Se incorporó, y Camarón subió delicadamente los escalones y se restregó contra ella, ronroneando. Ella lo abrazó. ¡Qué lindo y cariñoso era! No creía que le fuera posible entrar porque sabía que Susan cerraba todas las puertas con llave cuando papá no estaba, y no se atrevía a despertar a Susan a esa hora. Pero no le importaba. La noche de junio estaba bastante fresca, pero se acostaría en la hamaca y se acurrucaría junto a Camarón, sabiendo que, cerca de ella, al otro lado de esas puertas cerradas, estaban Susan, los chicos, Nan y… su casa.