Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside ¡Qué extraño era el mundo después de que oscurecía! ¿Estaban todas las personas durmiendo en todo el mundo y sólo ella despierta? Las grandes rosas blancas del arbusto junto a los escalones parecían pequeñas caras humanas en las sombras. El olor a menta era como un amigo. Había algunas luciérnagas en el jardín. Después de todo, podría alardear de «haber dormido toda una noche fuera».
Pero no iba a ser. Dos figuras oscuras cruzaron el portón y avanzaron por el sendero de la entrada. Gilbert fue por la parte de atrás para abrir la puerta de la cocina, pero Ana subió los escalones y se quedó atónita mirando a esa pobre criaturita sentada allí, con el gato en el regazo.
—¡Mamá!… ¡Ay, mamá! —Estaba a salvo en los brazos de mamá.
—¡Di, mi amor! ¿Qué pasa?
—Ay, mamá, me porté mal, pero estoy muy arrepentida… y tú tenías razón… y la abuelita era tan horrorosa, pero yo pensaba que no ibais a volver hasta mañana.
—Papá recibió una llamada telefónica desde Lowbridge. Tienen que operar a la señora Parker mañana, y el doctor Parker quiere que él esté aquí. Así que cogimos el último tren y vinimos caminando desde la estación. Ahora cuéntame…