Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Para cuando Gilbert habÃa entrado en la casa y abierto la puerta del frente, toda la historia habÃa sido contada entre sollozos. Él pensó que no habÃa hecho nada de ruido, pero Susan oÃa hasta el chillido de un murciélago cuando se trataba de la seguridad de Ingleside, y bajó las escaleras, rengueando, con una bata encima del camisón.
Hubo exclamaciones y explicaciones, pero Ana la interrumpió.
—Nadie le está echando la culpa de nada, querida Susan. Di se ha portado mal pero lo sabe, y yo creo que ha recibido su castigo. Lamento haberla despertado. Vuelva a la cama, que el doctor va a revisarle el tobillo.
—No estaba dormida, mi querida señora. ¿Le parece que podrÃa dormir, sabiendo dónde estaba esta bendita criatura? Y tenga el tobillo como lo tenga, voy a prepararles a los dos una taza de té.
—Mamá —dijo Di, desde su propia cama—, ¿es papá a veces cruel contigo?
—¡Cruel! ¿Conmigo? Pero, Di…
—Los Penny me dijeron que era cruel… dicen que te pega…
—Querida, ahora sabes cómo son los Penny, de manera que mejor no atormentes esa cabecita con nada de lo que te dijeron. Siempre hay rumores maliciosos flotando en el aire, en todas partes, siempre hay gente que los inventa. No les hagas caso nunca.