Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside —¿Te lo permitirá tu madre? —quiso saber Dovie.
Nan volvió a asentir, pero con algo de duda. No estaba demasiado segura. Dovie percibió la vacilación.
—Tendrás que traer la sombrilla aquà —dijo con firmeza—, antes de que te lo diga. Si no traes la sombrilla, no te cuento el secreto.
—Te la traeré mañana —se apresuró a prometer Nan. TenÃa que saber lo que Dovie sabÃa de ella, era lo único que importaba.
—Bueno, voy a pensarlo —dijo Dovie, dudosa—. No tengas muchas esperanzas. Lo más probable es que no te diga nada, después de todo. Eres demasiado joven… te lo he dicho muchas veces.
—Soy mayor de lo que era ayer. Ah, vamos, Dovie, no seas mala —rogó Nan.
—Supongo que tengo derecho a guardarme lo que sé —dijo Dovie, terminante—. Tú se lo contarás a Ana… ésa es tu madre.
—Conozco el nombre de mi propia madre —dijo Nan, herida en su dignidad. Secreto o no secreto, habÃa lÃmites—. Te dije que no se lo dirÃa a nadie en Ingleside.
—¿Lo juras?
—¿Debo jurarlo?
—No seas tonta. Me refiero a prometerlo solemnemente.