Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Nan sabía que eso quería decir «hasta mañana». Estaba muy orgullosa de tener una amiga que hablaba francés. Siguió sentada en el muelle mucho después de que Dovie se hubiera ido a su casa. Le gustaba sentarse en el muelle y mirar los botes de pesca que entraban y salían, y a veces un barco que salía del puerto con rumbo a fantásticos lugares lejos de allí. Como Jem, muchas veces ella también había deseado irse en un barco, por el puerto azul, más allá del banco de dunas oscuras, más allá de la punta donde, por las noches, el Faro de Cuatro Vientos se convertía en un lugar de misterio…, afuera, más afuera, hacia la niebla azul que era el golfo en verano, mucho más allá, hacia islas encantadas en mares de mañanas doradas. Nan volaba en las alas de su imaginación por todo el mundo, mientras estaba sentada allí sobre el viejo y desvencijado muelle.
Pero esa tarde estaba muy excitada por el secreto de Dovie… ¿Dovie de verdad se lo contaría? ¿Qué sería? ¿Qué podía ser? ¿Y qué era eso de las muchachas con las que papá podría haberse casado? A Nan le gustaba especular sobre esas muchachas. Una de ellas podría haber sido su madre. Pero eso era horrible. Nadie podía ser su madre, excepto su madre. La cuestión era sencillamente impensable.