Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside El dolor de Nan era más fuerte de lo que podÃa soportar. Ahora todo se aclaraba de una manera espantosa. A la gente siempre le habÃa parecido extraño que ella y Di no se parecieran en nada. Era por eso.
—¡Te odio por haberme contado esto, Dovie Johnson!
Dovie se encogió de hombros.
—Yo no te dije que te iba a gustar, ¿no? Tú me obligaste a contártelo. ¿Adónde vas?
Pues Nan, blanca y mareada, se habÃa puesto de pie.
—A casa… a decÃrselo a mi madre —dijo, sintiéndose muy desgraciada.
—¡No puedes! ¡No debes! ¡Recuerda que juraste que no ibas a decir nada! —exclamó Dovie.
Nan la miró. Era cierto que habÃa prometido no decir nada. Y mamá siempre decÃa que no habÃa que romper una promesa.
—Yo también me voy a mi casa —dijo Dovie, no muy contenta con el aspecto de Nan.