Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside —¿Cuál es la razón por la que no comes nada, preciosa? —preguntó Susan durante la cena.
—¿Estuviste mucho tiempo al sol, mi amor? —preguntó mamá, preocupada—. ¿Te duele la cabeza?
—SÃ… —dijo Nan.
Pero no era la cabeza lo que le dolÃa. ¿Estaba mintiéndole a mamá? Y si era asÃ, ¿cuántas mentiras más tendrÃa que seguir diciendo? Pues Nan sabÃa que jamás podrÃa volver a comer… nunca mientras ese terrible secreto fuera suyo. Y sabÃa que jamás podrÃa contarle nada a mamá. No tanto por la promesa (¿no habÃa dicho una vez Susan que era mejor romper una mala promesa que mantenerla?) sino porque lastimarÃa a mamá. De alguna manera, Nan sabÃa, sin ninguna duda, que lastimarÃa horriblemente a mamá. Y a mamá no se la podÃa… no se la debÃa lastimar. A papá tampoco.
Y sin embargo… estaba Cassie Thomas. No la llamarÃa Nan Blythe. A Nan le hacÃa sentir mal, más allá de toda descripción, pensar que Cassie Thomas era Nan Blythe. Se sentÃa como si esto la hiciera desaparecer a ella del todo. ¡Si ella no era Nan Blythe, no era nadie! No serÃa Cassie Thomas.
