Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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31

—¿Cuál es la razón por la que no comes nada, preciosa? —preguntó Susan durante la cena.

—¿Estuviste mucho tiempo al sol, mi amor? —preguntó mamá, preocupada—. ¿Te duele la cabeza?

—Sí… —dijo Nan.

Pero no era la cabeza lo que le dolía. ¿Estaba mintiéndole a mamá? Y si era así, ¿cuántas mentiras más tendría que seguir diciendo? Pues Nan sabía que jamás podría volver a comer… nunca mientras ese terrible secreto fuera suyo. Y sabía que jamás podría contarle nada a mamá. No tanto por la promesa (¿no había dicho una vez Susan que era mejor romper una mala promesa que mantenerla?) sino porque lastimaría a mamá. De alguna manera, Nan sabía, sin ninguna duda, que lastimaría horriblemente a mamá. Y a mamá no se la podía… no se la debía lastimar. A papá tampoco.

Y sin embargo… estaba Cassie Thomas. No la llamaría Nan Blythe. A Nan le hacía sentir mal, más allá de toda descripción, pensar que Cassie Thomas era Nan Blythe. Se sentía como si esto la hiciera desaparecer a ella del todo. ¡Si ella no era Nan Blythe, no era nadie! No sería Cassie Thomas.


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