Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside —Tengo la costumbre de creerle a la gente —dijo Nan, y se levantó con cierta majestuosidad, pero demasiado inmersa en un delirio de felicidad como para querer ser despectiva con la señora Seisdedos.
—Bueno, es una costumbre que harÃas bien en quitarte en un mundo como éste —dijo la señora Seisdedos, cÃnicamente—. Y deja de andar con niñas a las que les gusta engañar a la gente. Siéntate, niña. No puedes irte a tu casa hasta que no pare de llover. Cae agua a cantaros y está oscuro como boca de lobo ahà afuera. Pero ¡se fue! ¡La niña se ha ido!
Nan ya habÃa desaparecido en medio de la lluvia. Nada que no fuera el júbilo provocado por las aseveraciones de la señora Seisdedos podrÃan haberla llevado a su casa con semejante tormenta. El viento la empujaba, la lluvia le chorreaba por el cuerpo, los tremendos truenos la hacÃan pensar que el mundo se partÃa en dos. Sólo el incesante resplandor azul y helado de los relámpagos le mostraban el camino. Una y otra vez resbaló y cayó. Pero por fin llegó, tambaleante y empapada, al vestÃbulo de Ingleside.
Mamá corrió y la tomó en sus brazos.
—¡Mi amor, qué susto nos diste! Ah, pero ¿dónde estabas?