Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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—Él enterró a mi pobre Jarvis —dijo la señora de George Carr, lagrimeando. Siempre lloraba cuando hablaba de su esposo aunque éste llevaba veinte años muerto.

—Su hermano también era ministro —dijo Christine Marsh—. Estuvo en Glen cuando yo era niña. Una noche tuvimos un concierto en la sala y, como él era uno de los oradores, estaba sentado sobre el estrado. Era tan nervioso como el hermano y no dejaba de hacer retroceder su silla más y más hasta que de pronto se cayó, con silla y todo, y aterrizó sobre el cantero de flores y plantas que habíamos puesto como adorno alrededor. Lo único que se veía de él eran los pies asomados por encima del estrado. Por alguna razón, después de eso sus sermones no me impresionaron. Tenía los pies tan grandes…

—El funeral de Lane pudo haber sido una desilusión —dijo Emma Pollock—, pero al menos fue mejor que no haber tenido funeral. ¿Recuerdan el enredo Cromwell?

Hubo un coro de risas evocadoras.

—Cuéntenos la historia —dijo la señora Campbell—. Recuerde, señora Pollock, que yo soy una extraña aquí y las sagas de las familias me son desconocidas.

Emma no sabía lo que significaba la palabra «sagas» pero le encantaba contar historias.


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