Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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—Lo enterraron. Wallace dijo que no se podía posponer. Pero mal se lo podía considerar un funeral; todo el mundo estaba tan contento con el regreso de Stanton… El señor Dawson cambió el último himno y en lugar de cantar Hallad consuelo, cristianos, cantaron A veces nos sorprende una luz, pero casi todos los presentes fueron de la opinión de que tendría que haber dejado el primero.

—¿Saben lo que dijo Mary Anna el otro día? Me dice: «Ma, ¿los ministros lo saben todo?».

—El señor Dawson siempre perdía la cabeza en las crisis —dijo Jane Burr—. Upper Glen era parte de su parroquia entonces y recuerdo un domingo en el que despidió a la congregación pero luego se acordó de que no se había hecho la colecta. Qué se le ocurre entonces sino coger una de las cajas de la colecta y correr por el patio con ella. Les aseguro —agregó Jane— que ese día contribuyeron muchos que nunca daban nada. No querían negársele al ministro. Pero no fue muy digno.

—Lo que yo tenía en contra del señor Dawson —dijo la señorita Cornelia— era lo despiadadamente largas que eran sus oraciones en los funerales. Llegaba a tal punto, que algunos decían que envidiaban al muerto. Se superó a sí mismo en el funeral de Letty Grant. Yo vi que la madre de ella estaba a punto de desmayarse, y entonces le hundí el paraguas en la espalda al señor Dawson y le dije que ya había rezado lo suficiente.


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