Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside —Mary Anna siempre dice cosas tan inteligentes… —dijo la señora de Donald Reese—. ¿Saben lo que me dijo el otro dÃa cuando estábamos saliendo para el funeral de Margaret Hollister? «Ma —me dice—, ¿va a haber helado en el funeral?».
Algunas mujeres intercambiaron furtivas sonrisas de complicidad. La mayorÃa ignoró a la señora de Reese. Era en verdad lo único que se podÃa hacer cuando ella empezaba a meter a Mary Anna en la conversación, como hacÃa invariablemente, fuera oportuno o no. Si se la alentaba en lo más mÃnimo, era enloquecedora. «¿Saben lo que dijo Mary Anna?», era una clara alusión en Glen.
—Hablando de funerales —dijo Celia Reese—, hubo uno muy extraño en Mowbray Narrows, cuando yo era niña. Stanton Lane se habÃa ido al Oeste y llegó la noticia de que se habÃa muerto. Los parientes mandaron un cable para pedir que enviaran el cuerpo; cuando llegó, Wallace MacAllister, el de la funeraria, les aconsejó que no abrieran el féretro. El funeral habÃa empezado hacÃa rato cuando hizo su aparición el mismÃsimo Stanton Lane, vivito y coleando. Nunca averiguaron quién era el cadáver.
—¿Qué hicieron con él? —preguntó Agatha Dew.