Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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»Un día salió un anuncio en el Daily Enterprise, según el cual el señor Abner Cromwell había fallecido súbitamente en Lowbridge y el funeral tendría lugar a las dos de la tarde del día siguiente. Por alguna razón, la familia de Abner Cromwell no vio el anuncio, y por supuesto que en esa época no había teléfonos en las zonas rurales. A la mañana siguiente, Abner se fue a Halifax para asistir a una convención liberal. A las dos de la tarde empezó a llegar la gente para el funeral; venían temprano para conseguir un buen asiento, pensando que habría una gran multitud en razón de ser Abner hombre tan prominente. Y hubo una gran multitud, pueden creerme. En kilómetros a la redonda, las carreteras eran una caravana de carruajes, y la gente siguió llegando hasta las tres. La esposa de Abner se enloquecía tratando de convencer a la gente de que su esposo no había muerto. Al principio, algunos no querían creerle. Ella me contó, llorando, que hasta parecían creer que ella quería irse con el cadáver. Y cuando por fin se convencieron, actuaban como si pensaran que Abner tendría que haberse muerto. Le pisotearon todos los canteros del jardín, de los que ella estaba tan orgullosa. Llegaron, además, muchos parientes lejanos, quienes esperaban que se les proporcionara comida y camas para pasar la noche, y ella no había cocinado mucho… Julie nunca fue muy previsora, eso hay que admitirlo. Cuando Abner llegó a su casa, dos días después, la encontró en la cama con los nervios destrozados; le llevó meses recuperarse. No probó bocado en seis semanas… bueno, prácticamente. Oí decir que ella había comentado que, si hubiera habido un funeral, no podría haberse sentido más conmocionada. Pero yo nunca creí que de verdad hubiera dicho semejante cosa.


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