Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Walter estaba otra vez sentado en los escalones de la galería con los ojos llenos de ensueños. Había caído la tarde. ¿De dónde, se preguntó, había caído? ¿Acaso algún gran espíritu, con alas como murciélagos, la derramaba encima del mundo de una jarra púrpura? La luna se levantaba y los tres viejos abetos inclinados por el viento parecían tres brujas viejas y jorobadas que subían una colina con la luna de fondo. ¿Era eso un pequeño fauno con orejas peludas, oculto entre las sombras? Si él abría la puerta del muro de ladrillos, ahora, en lugar de entrar en el conocido jardín, ¿no entraría en un extraño país de hadas, donde las princesas se despiertan de sus sueños encantados, donde tal vez pudiera encontrar y seguir a Eco, como había querido hacer tantas veces? Uno no osaba ni hablar. Algo se desvanecería, si uno hablaba.
Mamá salió de la casa.
—Mi amor —le dijo—, no debes quedarte sentado aquí. Está empezando a hacer frío. Recuerda tu garganta.
La palabra hablada había roto el encanto. Una luz mágica había desaparecido. El parque seguía siendo un lugar hermoso pero ya no era el país de las hadas. Walter se levantó.
—Mamá, ¿me vas a contar lo que pasó en el funeral de Peter Kirk?
Ana lo pensó un momento, y luego se estremeció.