Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Ana se detuvo a mirar a Peter Kirk antes de ir a sentarse. Nunca le había caído bien. «Tiene cara cruel», había pensado la primera vez que lo vio. Bien parecido, sí, pero con esos ojos fríos, acerados, y entonces abolsados, y la boca de labios delgados y apretados del avaro. Se lo tenía por egoísta y arrogante en sus tratos con sus semejantes, a pesar de su profesión de piedad y sus devotas oraciones. «Siempre siente su propia importancia», oyó decir a alguien una vez. Sin embargo, en general, había sido respetado y admirado.

Se lo veía tan arrogante en la muerte como lo había sido en la vida, y en esos dedos demasiado largos entrelazados sobre el pecho inmóvil, había algo que hizo estremecer a Ana. Pensó en un corazón de mujer aferrado entre ellos y miró a Olivia Kirk, sentada frente a ella, de luto. Olivia era una mujer alta, rubia y guapa, de grandes ojos azules («Para mí no quiero una mujer fea», había dicho Peter una vez), y tenía el rostro compuesto y sin expresión. No se veían huellas de lágrimas, pero, claro, Olivia era una Random, y los Random no eran emocionales. Al menos, estaba sentada con decoro, y la viuda más inconsolable del mundo no podría haberse puesto un luto más riguroso.



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