Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Hubo una agitación en un rincón de la gran habitación, y Clara Wilson se abrió camino entre el laberinto de sillas hasta ubicarse junto al féretro. Allí se volvió y encaró a los reunidos. Su absurdo bonete se había ladeado un poco y un mechón suelto de cabellos negros se había escapado por un borde y le colgaba sobre el hombro. Pero nadie pensó que Clara Wilson estuviera ridícula. Tenía el largo y hundido rostro ruborizado y los trágicos e intensos ojos llameaban. Parecía poseída. El rencor, como alguna despiadada enfermedad incurable, parecía inundar todo su ser.
—Lo que han escuchado ustedes, que han venido aquí a «presentar sus respetos»… o a saciar su curiosidad, cualquiera de las dos cosas, son un montón de mentiras. Ahora yo voy a decirles la verdad sobre Peter Kirk. Yo no soy hipócrita, nunca le tuve miedo cuando vivía y no le tengo miedo ahora que está muerto. Nadie se ha atrevido jamás a decirle la verdad en la cara pero yo la voy a decir ahora… aquí, en su funeral, donde se ha dicho que era un buen esposo y un amable vecino. ¡Buen esposo! Se casó con mi hermana Amy… mi hermosa hermana, Amy. Todos ustedes saben lo dulce y encantadora que ella era. Él le dio una vida miserable. La atormentaba y la humillaba… y a él le gustaba hacerlo. Ah, sí, iba a la iglesia con regularidad, y decía largas oraciones, y pagaba sus deudas. Pero era un tirano, hasta su perro escapaba corriendo cuando lo oía llegar.