Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Clara salió, llorando, y pasó junto a un furioso Jed con su funeral estropeado. El ministro, que había tenido intención de anunciar un último himno, Dormido en Jesús, lo pensó mejor y se limitó a pronunciar una trémula bendición. Jed no hizo el usual anuncio de que los deudos y amigos podían ahora despedirse de «los despojos mortales». Lo único que le cabía hacer, pensó, era cerrar de inmediato la tapa del féretro y enterrar a Peter Kirk, ponerlo fuera de la vista, lo antes posible.

Ana exhaló un largo suspiro mientras bajaba los escalones de la galería. Qué alivio el aire fresco después de esa habitación sofocante, perfumada, donde el rencor de dos mujeres había sido al mismo tiempo su tormento.

La tarde se había puesto más fría y gris. Aquí y allí había pequeños grupos sobre el césped, hablando de lo sucedido en voces acalladas. Todavía se veía a Clara Wilson cruzando por el prado seco, camino a su casa.

—Bueno, ¿no ha sido demasiado? —dijo Nelson, asombrado.

—¡Escandaloso! ¡Escandaloso! —dijo el vicario Baxter.

—¿Por qué no se lo impedimos? —preguntó Henry Reese.


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