Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Un Jed desmoralizado había hecho formar a los que llevarían el féretro, que ya habían sacado. Cuando la carroza fúnebre comenzó a avanzar por el camino, seguida por la lenta procesión de carruajes, se oyó el aullido transido de pena de un perro, desde el granero. Tal vez, después de todo, había una criatura viviente que lloraba la muerte de Peter Kirk.
Stephen MacDonald se unió a Ana, que esperaba a Gilbert. Era de Upper Glen, un hombre alto, con la cabeza de un viejo emperador romano. A Ana siempre le había caído bien.
—Parece que va a nevar —dijo—. A mí siempre me parece que noviembre es una época que extraña su casa. ¿Nunca le dio esa impresión, señora Blythe?
—Sí. El año mira hacia atrás con tristeza a la primavera perdida.
—¡La primavera… la primavera! Señora Blythe, me estoy poniendo viejo. Me sorprendo imaginando que las estaciones cambian. El invierno no es lo que era… no reconozco el verano… y la primavera… ya no hay primaveras ahora. Al menos, eso siento cuando personas a quienes conocíamos antes ya no vienen a compartirlas con nosotros. Pobre Clara Wilson… ¿Qué le pareció a usted?
—Ah, desolador… Tanto odio…