Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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y le ha dado dolor de barriga.

Ser considerada como Tillie Pake era algo que Rilla no podía soportar. Se le había metido en la cabeza la idea de que una «no podía ser una señorita» y andar por ahí llevando tortas. Y por eso estaba sentada tan desconsolada en los escalones, y su preciosa boquita, a la que le faltaba un diente, no lucía su usual sonrisa. En lugar de tener ese aire que decía que ella entendía lo que pensaban los narcisos, o que compartía con la rosa dorada un secreto que sólo ellas dos conocían, parecía alguien aplastado para toda la vida. Hasta sus inmensos ojos color avellana, que casi se cerraban cuando ella reía, estaban tristes y atormentados, en lugar de ser los estanques de fascinación de siempre. «Las hadas te tocaron los ojos», le dijo una vez la tía Kitty MacAllister. Su padre juraba que había nacido seductora, que le había sonreído al doctor Parker a la media hora de nacer. Rilla podía, todavía, hablar mejor con los ojos que con las palabras, pues usaba una marcada media lengua. Pero se curaría… crecía rápidamente. El año pasado, papá la había medido con un rosal; este año, con el fleo; pronto sería con las malvas, e iría a la escuela. Rilla estaba muy feliz y contenta hasta el terrible anuncio de Susan.

—Realmente —le dijo Rilla al cielo, muy indignada—, Susan no tiene sentido de la vergüenza.


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