Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Mamá y papá habían ido a Charlottetown esa mañana y los niños estaban en la escuela, de modo que Rilla y Susan estaban solas en Ingleside. Por lo común, Rilla habría estado encantada ante esa circunstancia. Nunca se sentía sola; le habría encantado quedarse sentada en los escalones o en su particular roca privada, cubierta de musgo, en el Valle del Arco Iris, con uno o dos gatitos imaginarios para hacerle compañía, y hubiera hilado fantasías sobre todo lo que veía… la esquina del parque, que parecía un pequeño territorio de mariposas… las amapolas, que flotaban sobre el jardín… esa inmensa nube completamente sola en medio del cielo… los grandes moscones, que revoloteaban entre las capuchinas… la madreselva, que se agachaba hasta tocarle los rizos rojizos con dedos amarillos… el viento que soplaba… ¿hacia dónde soplaba…? Don Petirrojo, que estaba otra vez negro y caminaba dándose aires por la baranda de la galería, preguntándose por qué Rilla no quería jugar con él… Rilla, que no podía pensar en otra cosa que no fuera el terrible hecho de que debía llevar una torta… una torta… a través del pueblo hasta la iglesia, para esa función que iban a hacer para los huérfanos. Rilla tenía cierta noción de que el orfanato quedaba en Lowbridge y que allí era donde vivían los niños que no tenían papá ni mamá. Sentía muchísima pena por ellos. Pero ni por el más huérfano de los huérfanos, la pequeña Rilla estaba dispuesta a dejarse ver en público llevando una torta.