Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside A lo mejor, si llovÃa, no tendrÃa que ir. No habÃa la menor señal de lluvia, pero Rilla juntó las manitas (tenÃa un hoyuelo en el nacimiento de cada dedito) y dijo, con toda seriedad:
—Pod favod, quedido Dios, que zueva muy fuedte. Que zueva mucho. —Rilla pensó en otra posibilidad salvadora—: O zi no, que ze queme la todta de Zuzan, que ze queme toda.
Y sin embargo, cuando llegó la hora de comer, la torta, perfectamente cocida, rellena y bañada, estaba muy oronda instalada sobre la mesa de la cocina. Era la torta preferida de Rilla, «torta de oro y plata», y sonaba tan lujosa… pero ella pensó que nunca más en toda la vida podrÃa comer ni un pedacito de esa torta.
Pero… ¿eso que se oÃa desde las colinas bajas del otro lado del puerto no eran truenos? Tal vez Dios habÃa escuchado su plegaria… tal vez hubiera un terremoto antes de que llegara la hora de ir. ¿Y no podÃa coger un buen dolor de estómago, llegado el peor de los casos? No. Rilla se estremeció. Eso implicarÃa aceite de ricino. ¡Mejor el terremoto!