Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside —Ya sabes que tu madre le prometió al comité mandar esa torta, muñequita. Yo no tengo tiempo para llevarla y hay que llevarla. Asà que, ponte tu vestido de zaraza azul, ¡y andando!
—Mi muñequita ze enfedmó —dijo Rilla, desesperada—. Tengo que metedla en la cama y quedadme con eza. Puede zed amonÃa.
—Tu muñeca estará muy bien hasta que regreses. Puedes ir y volver en media hora —fue la despiadada respuesta de Susan.
No habÃa esperanzas. Hasta Dios la habÃa abandonado… no habÃa señales de lluvia. Rilla, al borde de las lágrimas para seguir protestando, subió y se puso su nuevo vestido de organdà fruncido y el sombrero de los domingos, adornado con margaritas. Tal vez, si parecÃa respetable, la gente no creyera que ella era como la vieja Tillie Pake.
—Creo que tengo la cada limpia, si pod favod quierez midadme detrás de das odejas —le dijo a Susan con gran majestuosidad.
TenÃa miedo de que Susan la reprendiera por ponerse el mejor vestido y sombrero. Pero Susan apenas le inspeccionó las orejas, y luego le dio una cesta con la torta, le dijo que fuera cortés y que por favor no se detuviera a charlar con cada gato que se encontrara en el camino.