Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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«Parece mentira que nuestra pequeña ya esté tan grande como para ir sola a la iglesia a llevar una torta», pensó, con una mezcla de orgullo y pena, mientras volvía al trabajo. Afortunadamente, ignoraba la tortura que estaba infligiendo a una criatura por la que hubiera dado la vida. Rilla no se sentía tan mortificada desde la vez que se quedó dormida en la iglesia y se cayó del asiento. Por lo general, le encantaba ir al pueblo; había tantas cosas interesantes para ver… Pero hoy la fascinante cuerda de la ropa de la señora de Carter Flagg, con todas sus preciosas colchas, no se ganaron una mirada de Rilla, y el nuevo ciervo de hierro forjado que el señor Augustus Palmer había puesto en el patio la dejó indiferente. Nunca antes había pasado sin desear que ellos tuvieran uno igual en el parque de Ingleside. Pero ¿qué eran ahora los ciervos de hierro forjado? Los fuertes rayos del sol bañaban las calles como un río y todo el mundo estaba fuera de las casas. Pasaron dos niñas, susurrando. ¿Era sobre ella? Se imaginó lo que estarían diciendo. Un hombre que pasaba la miró. En realidad, se preguntaba si ésa sería la más pequeña de los Blythe y, por San Jorge, ¡qué preciosa era! Pero Rilla sintió que los ojos del hombre atravesaban la cesta y veían la torta. Y cuando Annie Drew pasó junto a ella con su padre, Rilla estuvo segura de que se reían de ella. Annie Drew tenía diez años y era una niña muy grande a los ojos de Rilla.


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