Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside El orgullo no le permitirÃa llorar a Rilla, pero habÃa un lÃmite a lo que una puede escuchar. Después de todo, era una torta de Ingleside…
—La prózima vez que cualquiera de uztedes esté enfedmo le voy a dezir a mi papá que no les dé nada de demedio —dijo, desafiante.
Pero entonces, se le cayó el alma a los pies. ¡No podÃa ser Kenneth Ford el que doblaba la esquina del camino de Harbour! ¡No podÃa ser! ¡Era!
No podrÃa soportarlo. Ken y Walter eran amigos, y Rilla, en lo profundo de su corazoncito, pensaba que Ken era el niño más bueno y más lindo del mundo entero. Él nunca le hacÃa demasiado caso, aunque una vez le regaló un patito de chocolate. Y un dÃa inolvidable se habÃa sentado a su lado junto a una piedra musgosa en el Valle del Arco Iris, y le habÃa contado la historia de los Tres Osos y la Casita del Bosque. Pero ella se conformaba con adorarlo a distancia. ¡Y ahora este ser maravilloso la sorprendÃa llevando una torta!
—¡Hola, gordita! Hace mucho calor, ¿no? Ojalá me toque una porción de esa torta esta noche.
¡De modo que él sabÃa que era una torta! ¡Todo el mundo lo sabÃa!