Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside No tiene sentido preguntarse cómo surgen los sueños. Nan misma no podría haber explicado cómo sucedió todo. Comenzó con la CASA TENEBROSA. Nan la leía siempre así, en mayúsculas. A ella le gustaba tejer, sus fantasías alrededor de lugares, además de hacerlo sobre personas, y la CASA TENEBROSA era el único lugar a mano (sin contar la vieja casa de Bailey) que se prestaba a la fantasía. Nan nunca había visto la CASA personalmente, sólo sabía que estaba allí detrás de un grueso y oscuro abeto, sobre un camino lateral que llevaba a Lowbridge, y que estaba desocupada desde tiempos inmemoriales, según decía Susan. Nan no sabía qué quería decir «tiempos inmemoriales» pero era una frase tan fascinante, justa para casas tenebrosas.
Nan siempre pasaba corriendo como loca por la entrada del camino que llevaba a la CASA TENEBROSA, cuando iba a visitar a su amiga, Dora Clow. Era un largo y oscuro camino bordeado de árboles y una hierba tupida que crecía en los baches y helechos que subían hasta la altura de la cintura bajo los abetos. Había una larga y gris rama de arce cerca del portón destartalado, que parecía exactamente un brazo viejo y torcido que se estiraba para agarrarla. Nan nunca sabría cuándo podría estirarse un poquito más y alcanzarla. Le daba un escalofrío de emoción escaparse.