Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Ana notó esta tendencia y se preocupó un poco. Nan se estaba inclinando demasiado en ese sentido. Gilbert quería mandarla de visita a Avonlea, pero Nan, por primera vez, rogó apasionadamente que no la enviaran. No quería irse de casa, dijo, lastimera. A sí misma se dijo que se moriría si tenía que irse tan lejos de la extraña, triste y hermosa Dama de los Ojos Misteriosos. Cierto que la Dama de los Ojos Misteriosos jamás iba a ningún lado. Pero podría decidir salir algún día, y si ella, Nan, no estaba, no podría verla. ¡Qué maravilloso sería llegar a verla! Si hasta el camino mismo por donde ella pasara sería romántico para siempre. El día en que sucediera sería diferente de todos los otros días. Lo marcaría con un círculo en el calendario. Nan había llegado a un punto en el que deseaba fervientemente verla, aunque fuera una sola vez. Sabía muy bien que mucho de lo que había imaginado sobre ella era sólo eso: imaginación. Pero no tenía la menor duda de que Thomasine Fair era joven, y hermosa, y malvada, y fascinante. Nan estaba para entonces completamente segura de haber oído a Susan decirlo y, mientras fuera así, Nan podía seguir imaginando cosas sobre ella para siempre.
Nan no podía creer lo que oía cuando una mañana Susan le dijo: