Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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—Hay un paquete que quiero mandarle a Thomasine Fair, a la vieja casa de MacAllister. Lo trajo tu padre anoche de la ciudad. ¿No irías a llevárselo de una corrida esta tarde, preciosa?

¡Así como así! Nan contuvo el aliento. ¿Era cierto? ¿Los sueños se hacían realidad de esa manera? Vería la CASA TENEBROSA, vería a su hermosa y malvada Dama de los Ojos Misteriosos. De verdad la vería, tal vez la oyera hablar, tal vez… ¡ah, bendición!, tal vez tocara su blanca y delgada mano. En cuanto a los lebreles y la fuente y todo lo demás, Nan sabía que sólo los había imaginado, pero seguro que la realidad era igualmente maravillosa.

Nan miró el reloj toda la mañana, viendo que el tiempo se arrastraba lentamente, ay, tan lentamente. Cuando un trueno sonó en el cielo, amenazador, y comenzó a llover, casi no pudo evitar las lágrimas.

—No sé cómo Dios pudo permitir que lloviera hoy —susurró con rebeldía.

Pero la lluvia pronto paró y el sol volvió a brillar. Nan casi no pudo comer del entusiasmo.

—Mamá, ¿puedo ponerme el vestido amarillo?

—¿Para qué te vas a vestir tanto para ir a ver a una vecina, niña?

¡Una vecina! Claro que mamá no entendía… no podía entender.

—Por favor, mamá.


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