Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside —Está bien —dijo Ana. El vestido amarillo pronto le quedarÃa pequeño. Mejor que le sacara provecho.
A Nan le temblaban las piernas cuando salió, con el valioso paquete en la mano. Tomó un atajo por el Valle del Arco Iris, colina arriba, hasta el camino lateral. Las gotas de lluvia todavÃa yacÃan sobre las capuchinas como grandes perlas; habÃa una frescura deliciosa en el aire; las abejas zumbaban en los tréboles blancos que bordeaban el arroyo; delgadas libélulas azules resplandecÃan sobre el agua… las agujas de remendar del Diablo, las llamaba Susan; en la pradera de la colina, las margaritas la saludaron… se inclinaron hacia ella… le dijeron adiós… se rieron con ella, con esa fresca risa de oro y plata. Todo era tan hermoso y ella iba a ver a la Dama de los Ojos Misteriosos. ¿Qué le dirÃa la Dama? Y, ¿serÃa seguro ir a verla? ¿Y si una se quedaba unos minutos con ella y de pronto se daba cuenta de que habÃan pasado cien años, como en el cuento que Walter y ella habÃan leÃdo la semana anterior?