Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Nadie podía decírselo, pues Susan los había descolgado para lavarlos, y Ana corrió escaleras arriba para escapar de las miradas afligidas de sus hijos. En su habitación, se puso a caminar de un lado a otro, con frenesí. ¿Qué le estaba pasando? ¿Se estaba convirtiendo en una de esas personas que no tienen paciencia con nadie? Todo la irritaba últimamente. Un pequeño hábito de Gilbert que jamás le había molestado antes le ponía los nervios de punta. Estaba harta de interminables y monótonas obligaciones, harta de atender los caprichos de su familia. En un tiempo, todo lo que hacía por su casa y su familia le proporcionaba placer. Ahora parecía no importarle lo que hacía. Se sentía todo el tiempo como cuando, en medio de una pesadilla, uno intenta alcanzar a alguien con los pies atados.
Lo peor de todo era que Gilbert no notaba jamás si había algún cambio en ella. Estaba ocupado día y noche y parecía no interesarse por nada que no fuera su trabajo. Lo único que había dicho durante la comida ese día había sido: «Pásame la mostaza, por favor».