Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside «Claro que bien puedo hablar con las sillas y la mesa, por supuesto —pensó Ana con amargura—. Nos estamos convirtiendo en una costumbre el uno para el otro, nada más. Anoche ni se dio cuenta de que tenÃa un vestido nuevo. Y hace tanto que no me llama "mi nenita", que ya ni me acuerdo de cuándo fue. Bien, supongo que todos los matrimonios llegan a esto al final. Probablemente la mayorÃa de las mujeres atraviesen por esto. Me da por obvia. Su trabajo es lo único que significa algo para él ahora. ¿Dónde está mi pañuelo?».