Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Ana encontró el pañuelo y se sentó en su silla a torturarse con lujuria. Gilbert ya no la quería. Cuando la besaba, la besaba distraído, era sólo una «costumbre». Todo el encanto había desaparecido. Viejos chistes con los que habían reído juntos volvieron en el recuerdo, ahora cargados de tragedia. ¿Cómo pudo ella hallarlos divertidos en algún momento? Monty Turner, que besaba a su esposa sistemáticamente una vez por semana, se hacía un memorándum para recordarlo. (¿Había esposas que deseaban besos así?). Curtis Ames, que se encontró con su esposa, que llevaba un sombrero nuevo, y no la reconoció. La señora de Clancy Dare, que había dicho: «Yo no amo demasiado a mi marido, pero lo extraño si no está cerca». (¡Supongo que Gilbert me extrañaría si yo no estuviera cerca! ¿A ese punto hemos llegado nosotros?). Nat Elliott, que después de diez años de matrimonio le dijo a su esposa: «Si quieres saberlo, estoy cansado de estar casado». (¡Y nosotros llevamos quince años!). Bien, tal vez todos los hombres fueran iguales. Probablemente la señorita Cornelia diría que sí lo eran. Después de un tiempo, eran difíciles de retener. (Si mi esposo necesita que yo «lo retenga», a mí no me interesa retenerlo). Pero estaba la señora de Theodore Clow, que dijo, muy orgullosa, en la reunión de las Damas de Beneficencia: «Hace veinte años que estamos casados, y mi esposo me ama tanto como el primer día». Pero quizá se engañaba a sí misma o sólo «guardaba las apariencias». Y ella representaba sus años. (Me pregunto si yo parezco vieja).