Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Por primera vez, sus años le parecieron un peso. Fue al espejo y se miró con mirada crítica. Tenía unas leves patas de gallo alrededor de los ojos, pero sólo se veían a la luz del día. La línea del mentón seguía siendo una sola. Pálida, siempre lo había sido. Tenía los cabellos espesos y ondulados, sin una sola hebra plateada. Pero ¿de verdad a alguien podían gustarle los cabellos rojos? La nariz seguía teniendo decididamente buena línea. Ana la palmeó como a una amiga, recordando ciertos momentos de su vida en los que su nariz había sido lo único que la había hecho seguir adelante. Pero ahora Gilbert tomaba su nariz como algo obvio. Podría estar torcida o achatada, por lo que a él le importaba. Probablemente se hubiera olvidado de que ella tenía nariz. Como le sucedía a la señora Dare, quizá la extrañaría, si su nariz no estuviera en su lugar.
«Bien, debo ir a ver a Rilla y a Shirley —pensó Ana, con melancolía—. Al menos, ellos siguen necesitándome. ¿Por qué estuve tan brusca con los niños? Ah, supongo que ahora estarán todos diciendo, a espaldas mías: "¡Qué difícil se está poniendo la pobre mamá!"».