Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Ana pensó bastante qué vestido ponerse. No porque importase mucho lo que se pusiera, se dijo a sí misma con tristeza. Gilbert ya no se fijaba. El espejo ya no era su amigo, se veía pálida y cansada y… no querida. Pero no debía parecer demasiado campesina y anticuada delante de Christine. (No voy a darle pena). ¿Se pondría el nuevo vestido de tul verde manzana sobre un forro con capullos de rosa? ¿O el de gasa de seda color crema con la chaquetita corta de encaje de Cluny? Se probó los dos y se decidió por el de tul. Probó varios peinados y llegó a la conclusión de que la nueva onda sobre la frente, estilo pompadour, le quedaba muy bien.
—¡Ay, mamita, estaz hermosa! —exclamó Rilla, con los ojos muy abiertos llenos de admiración.
Bien, se supone que los niños y los locos dicen la verdad. ¿No le había dicho una vez Rebecca Dew que ella era «comparativamente hermosa»? En cuanto a Gilbert, él solía decirle cumplidos antes pero ¿cuándo, en los últimos meses, le había dicho alguno? Ana no recordaba ninguno.